Habitaba dos mundos: uno de ruido ensordecedor, focos cegadores y carcajadas cayendo como una lluvia de monedas, y otro de silencio monacal. Era un relámpago de humanidad, un terremoto de emociones disfrazado de bufón. Se desdoblaba en mil voces antes de que el público tuviera tiempo de recuperar el aliento. Era capaz de convertir una frase cualquiera en un zoológico, una ópera o una pelea de taberna irlandesa. Si le daban un micrófono, lo usaba como varita mágica; si le …
El viento en la cara