CLÁSICAS 2024

El fantasma por Spock 13 de Septiembre de 2023 a las 12:05

Madame Camille había comenzado la séance y durante un buen rato no ocurrió nada. A veces los espíritus tardan en manifestarse, como aquella vez que estábamos invocando a Carmina Ordóñez y se presentó de repente Rocío Jurado dando alaridos y nos asustó tanto. Estábamos las de siempre, de manos enlazadas alrededor de la mesa en el living de Cuca Martínez-Paniagua, tratando de establecer comunicación con María Teresa Campos, cuando apareció el fantasma. Y digo fantasma porque los espíritus solo golpetean la mesa y nos hablan por boca de Madame Camille que se pone como en trance, con los ojos en blanco y la voz de cazalla; pero este se veía, era la forma lechosa de un señor mayor con gafas que se materializó como surgiendo a través de las cortinas, y que tan pronto parecía tener el pelo rizado como liso. Nos quedamos paralizadas de espanto, todas menos Madame que seguía de ojos cerrados llamando a la Campos y no se había enterado.

—¿Quién eres? —preguntó finalmente Lilí Bengoechea, siempre la más valiente, como dice ella por ser de familia de militares.

—Yo soy el mejor escalador de todos los tiempos —respondió el fantasma—. Que si Pantani, que si Lucho Herrera, que si Taccone, que si Massignan. Charly Gaul y yo fuimos únicos. Gaul brillaba en las etapas de lluvia, pero con el calor era un hombre muerto, quedaba achicharrado. Era un ciclista muy bueno. Era mi rival número uno, porque siempre estaba a mi rueda. No veas los demarrajes y el espectáculo que dábamos. ¿Hubiera estado a rueda Induráin de Charlie o de mí? Le hubiéramos despegado fijo.

—¿Conocéis a alguien de esos que dice? —preguntó Margarita de la Fresneda.

—En la primera etapa de la Vuelta a Asturias gané a todos los ases y dijo Julián Berrendero: “Este llega al Tour y se lleva la montaña de calle” —siguió el fantasma—. Gané a todas las vedettes que había entonces en el pelotón nacional. Decían que había tenido que ir agarrado a algún coche, que era imposible que les hubiera sacado seis minutos. Pero es que yo subía en aquel entonces más que cuando gané el Tour. Era cuando yo escalaba bien. Gelabert se enfadó porque era un dios para España como escalador y resulta que llego yo a Francia y saco el doble de puntuación que Louison Bobet, que era el fenómeno de toda Francia.

—Uy, qué cosas más raras dice este señor. Y qué acento de garrulo —dijo Cuca—. ¿De dónde ha salido?

—Les saqué veinticinco minutos a mis perseguidores en la Romeyère, en los Alpes, pero una piedra me rompió la rueda trasera y, claro, no tuve más remedio que esperar al coche del equipo, que estaba lejísimos porque había destrozado a todo el pelotón —proseguía sin solución de continuidad el fantasma—. Y, mientras lo esperaba, pasó un tío con el carrito de los helados y le pedí un cucurucho de vainilla, justo cuando apareció el fotógrafo de L’Équipe y, ¡zas!, inmortalizado para toda la vida. Por eso me querían en Francia. Porque el hombre que rompía todo el pelotón era yo. Yo era el espectáculo. Eso de la calma como van ahora no existía. Estando yo en el paquete, nada.

—Creo que habla de ciclismo —dijo Lilí—. Es la misma cantinela que suena todo el rato cuando mi marido se duerme por las tardes delante de la tele con la Vuelta a España. Solo faltan los ronquidos.

—Ganar el Tour me dio todo lo que he tenido —dijo el fantasma—. El embajador de España en París me decía: “Hasta que tu no has ganado, a mí nadie me atendía en este país”. Hice un puente estupendo de relaciones, porque estaban rotas con Franco y la victoria sirvió para todos los españoles pudieran levantar la voz. Si yo empezara hoy, no me ocurrirían las cosas que me ocurrieron, porque ganaría cinco o seis Tours. No pudo ser, por ser español y por no estar en un equipo grande como lo estuvieron Ocaña, Perico o Induráin. A ellos les tocó la época buena y a mí la mala.

—Qué cansino, ¿no? —dije yo. La gracia del espiritismo es enterarse de cosas antes de que salgan en las revistas o en el Sálvame, pero es que lo de este buen señor no interesaba para nada.

—En las cuestas me entraba una alegría indescriptible —iba diciendo, incontinente, el fantasma—. A mí lo que más me hacía sufrir era rodar en el pelotón en el llano, porque no estaba acostumbrado. Al mínimo parón ya estaba atacando para irme a mi aire. Era cuestión de carácter, por el temperamento. Tengo mucho y sale el genio y sale el fenómeno. Si Di Stéfano o Cruyff fueron unos fenómenos fue por el temperamento que tenían. El carácter es el que da la figura.

—Vaya turra —dijo Margarita —. ¿Qué hacemos?

—A mí me gusta el ciclismo sano, de leña y de cera, que es cuando yo disfruto—continuaba el fantasma, raca que raca—. El de ahora no me hace ilusión. Sobra toda la técnica y hace falta que el ciclista tome decisiones. Sube todo el paquete a tren, y hasta los últimos quinientos metros no se ataca. Todo el mundo espera y es culpa de los directores. Se ha perdido el espectáculo. Ves la tele y te dan ganas de apagarla. Los corredores de ahora son unos señoritos. Bueno, como buena parte de la juventud actual. Si tú no has sufrido en esta vida, si no te ha costado esfuerzo y sacrificio llegar, cuando empiezan las dificultades te vienes abajo. Los ciclistas de ahora, como no han pasado necesidades, en cuanto llegan los malos momentos ceden, se derrumban.

—No sé, a mí me da cosa decirle nada, igual es peligroso cortarle el rollo —dijo Cuca.

—Fui seis veces rey de la montaña y gané montones de etapas. Y eso que ya empezaron los franceses a quitarnos las montañas y a modificar el reglamento. Tenías que quedar entre los diez primeros de la general si querías pelear por la montaña. ¡Ojo con eso, que los franceses se las estudian todas! Las etapas contra el crono, que después de los puertos haya cuarenta kilómetros para coger al escapado... Anquetil era un tramposo, bueno, y la organización le permitía todas las trampas. El día de la fiesta de Francia tiene que ganar un francés...

—¡Bueno, ya está bien! —saltó Madame Camille, herida sin duda en su orgullo patrio, levantándose de la silla y abriendo así el círculo de las manos.

El fantasma se calló en seco y en su rostro pareció congelarse una sonrisilla de conejo mientras su ectoplasma se desvanecía en el aire hasta desaparecer.