CLÁSICAS 2024

Col de Menté por Spock 11 de Marzo de 2023 a las 22:28

Medio siglo ha transcurrido hoy desde ese otro lunes, 12 de julio de 1971, cuando la fatalidad que solía llevar de paquete hurtó a Luis Ocaña un Tour que tenía en el bolsillo.

Los alumnos del Colegio Salesiano Santo Domingo Savio adorábamos a Ocaña. La media docena de curas del centro eran navarros y vascos, acérrimos por consiguiente de la pelota y la bicicleta. Lo primero lo sabíamos porque la esquina suroeste del patio, la que recogía la mejor sombra de la tarde, estaba ocupada por un frontón de dimensiones reglamentarias donde ningún alumno derrotara jamás a ninguno de esos curas, ni a mano ni con pala, ni individualmente ni por parejas. De lo segundo no nos apercibimos hasta 1970 porque la bici era medio de transporte cotidiano y omnipresente. Nuestra salida de clase coincidía con la sirena de la Hidro Nitro y quienes hacíamos a pie nuestro camino hasta el pueblo éramos adelantados por la procesión de los obreros que regresaban asimismo a casa pedaleando desde esa fábrica y también desde la más alejada de la Monsanto, hijas ambas del Plan Nacional de Estabilización impulsado por los tecnócratas del régimen.

Pero el tres de mayo de 1970 la décima etapa de la Vuelta, entre Igualada y Zaragoza, tenía meta volante en Monzón y con semanas de anticipación ya no se hablaba de otra cosa en el patio de recreo y, con frecuencia, durante las clases. En cada curso rivalizábamos con los otros por preparar las pancartas más llamativas con las que salir al paso de la caravana y animar a los corredores, preferentemente, cómo no, Domingo Perurena, Miguel María Lasa y Francisco Galdós.

A nosotros nos caían bien Lasa y Galdós, mayormente porque representaban a los equipos La Casera y Kas-Kascol, respectivamente. Algo mejor el primero porque, aunque a todos nos gustaba el Kas tanto o más que la gaseosa, existía también bastante unanimidad en calificar a Kascol como un brebaje de segunda categoría frente a sus competidores de ultramar. Perurena no nos llamaba nada la atención, supongo que por tener ese talante suyo adusto y retraído y correr por el Fagor, marca de las cocinas de butano de nuestras madres.

Luis Ocaña era otra cosa. Guapo y altanero (para nosotros, más simples, un chuleta), de él ya se decía que era la gran esperanza del ciclismo español porque solo él apuntaba las cualidades necesarias para oponer alguna resistencia ante un Eddy Merckx en el ápice de su imperio. Mi padre vaticinaba para quien quisiera escucharle, en el único pronóstico que le recuerdo acertado, que repetiría la hazaña de Bahamontes y ganaría el Tour de Francia. Pero es que Ocaña, además, corría por el Bic. Todos usábamos bolígrafos Bic. Nos hipnotizaba el dilema del anuncio, “Bic Naranja escribe fino; Bic Cristal escribe normal”, y justo acababa de salir a la venta el Bic de cuatro colores, maravilla simultánea de utilidad y diseño, objeto de culto y secreta codicia al precio quimérico de cincuenta pesetas.

Ocaña pasó por Monzón vestido de amarillo y pudimos verle acercarse desde la lejanía, elegante en las primeras posiciones de un pelotón que esprintaba compacto y abarcando los dos carriles de la carretera, pienso ahora que más por cubrir el expediente en los resúmenes de la televisión que por verdadero afán competitivo. Pero entonces, como algo mágico, en mi memoria quedaron grabados para siempre el ondular majestuoso de la carrera y ese sonido reptiliano que escuché por primera vez, el que creaba el pelotón volando a escasos centímetros de nosotros, ese sonido súbito e inesperado, mezcla de mecánica y aerodinámica, que extinguió el griterío de la multitud por un intervalo que se hizo a la vez fugaz e infinito y nos suspendía fuera de este mundo.

Con su triunfo final tras la contrarreloj en Bilbao, sin importarnos lo más mínimo su afrancesamiento de malagradecido, ya todos en el colegio nos convertimos al evangelio de Ocaña, excepción hecha de los curas que permanecieron eternamente devotos de su santísima trinidad.

De ahí el hondo desconsuelo que se abatió sobre nosotros cuando supimos de su caída y abandono en el Tour del año siguiente, 1971, cuando más cierta e incontestable parecía la victoria. La noticia nos alcanzó de vacaciones, una tarde de canícula, en mitad de la espera de las dos horas de digestión antes de zambullirnos otra vez en la piscina del colegio. Nada se sabía en un primer momento de las circunstancias del suceso y a Ocaña se le daba por muerto o por permanentemente incapacitado para la práctica del ciclismo. Cuando llegué a casa, mi padre estaba al borde del llanto, siguiendo los acontecimientos por radio y televisión.

Con el tiempo fuimos conociendo lo que había ocurrido ese 12 de julio. Una intensa tormenta de lluvia y granizo puso casi imposible el descenso en el Col de Menté. Los frenos no funcionaban y los ciclistas bajaban con los pies fuera de los pedales. Ocaña, de amarillo con nueve minutos de ventaja en la clasificación, vigilaba a Merckx y ambos se salieron en una revuelta en herradura a los tres kilómetros y medio de descenso. Merckx volvió a la carretera y Ocaña se estaba también reincorporando cuando apareció Zoetemelk haciendo un recto y derribándole de nuevo. Agostinho, López Carril y Thévenet se sumaron a la montonera. Solo Ocaña no pudo levantarse y hubieron de trasladarle en helicóptero a una clínica en Saint Gaudens, donde se pudo comprobar que lo único fracturado era su anhelo de presentarse vencedor en París.

Eddy Merckx acabó la etapa llorando, no quiso vestir el maillot amarillo y tres días después, al paso de la carrera por Mont de Marsan, se acercó a visitar a su rival y entregárselo personalmente. Se dice que un reportero le preguntó: “Bueno, Eddy, el Tour está ganado” y él le miró con tristeza y respondió: “No, el Tour está perdido”. El periódico del organizador, L’Équipe, subtituló su “Gran Historia del Tour de Francia 1971” como “La Sinfonía Inacabada”. En 1991, El Consejo Regional de Midi-Pyrénées colocó sobre el mismo punto del accidente una placa de granito que recuerda: “En esta carretera transformada en torrente de barro por una tormenta apocalíptica, Luis Ocaña, maillot amarillo, abandonó todas sus esperanzas contra esta roca”.

A veces, un momento determina el devenir de una vida entera y quizá esa curva bajo la tormenta no fuese sino el giro fatal hacia el infortunio, la depresión y el disparo en la cabeza. Quizá esa placa de granito en el Col de Menté bien pudiera servir de lápida y epitafio para el ciclista más grande y el hombre más desdichado.